Esta mañana he podido leer un artículo de Susana Frisancho sobre la relación entre Psicología y sociedad (vía La desconocida psicología) y un artículo sobre la sociología en Comte.
No es baladí relacionar ambos artículos.
Recientemente me enfrasqué en una discusión sobre la historia como disciplina. Mi idea era que la “popularidad” de la historia gracias a lo que enseñan en el colegio ha convertido nuestra disciplina en algo de lo que todo el mundo se abroga el derecho a opinar. Todo el que ha leído un libro o el que ha ido al colegio “sabe” historia. ¡Qué importan los años de carrera para aprehender las herramientas imprescindibles de la disciplina! La respuesta inmediata fue que la “culpa” o responsabilidad no es de que se enseñe historia en el colegio (y mal, claro), sino de cómo establecemos los historiadores nuestra propia disciplina. Cómo la difundimos. El mismo problema que critica Susana Frisancho en su artículo para el caso de la psicología.
La difusión del conocimiento gracias a las nuevas tecnologías, la universalización de la educación, el aumento de población y la alfabetización de las grandes mayorías ha creado un mundo donde la información está a la orden del día. No es difícil acceder a datos cuantiosos con rapidez. Pero la oferta disponible es tan amplia que es difícil establecer una selección de lo bueno y lo malo. Y gran cantidad de lo disponible es “divulgativo”, para un gran público ávido de información fresca pero poco contrastada. Rápido y de poca profundidad.
Mientras que las diversas disciplinas sociales (no voy a entrar en las ciencias exactas de las que confieso ser una total ignorante) se encaminan por nuevos rumbos cada vez más complejos, evolucionan, se transforman, se interrelacionan, derivan en nuevos planteamientos y su nivel de profundidad es tal que deben establecerse divisiones entre unas y otras, de modo que ya no existe “una” manera de hacer historia, sino múltiples (historia social, historia económica, historia intelectual, historia de la ciencia, etc) –lo mismo sucede con otras disciplinas, como reclama justamente Susana Frisancho- la percepción de la sociedad se ha quedado anclada en el pasado. Más concretamente en el positivismo de segunda mitad del siglo XIX.
Así es como una disciplina como la psicología se queda anclada en la psicología clínica (que sirve, a los ojos de los neófitos, para “curar” el comportamiento desviado de la sociedad) o la historia queda anclada en la mera recopilación “científica” y “aséptica” de datos, fechas y personajes históricos. Entonces no es de extrañar que iniciando uno de mis cursos un alumno me preguntara –¿es usted historiadora? –Sí. –¿Entonces conoce la historia de todos los países del mundo? –No, son muchos países en el mundo. Además yo me especialicé en América Latina. –Bueno, ¿los principales acontecimientos históricos de todos los países de América Latina?.
El historiador queda relegado a un mero repetidor de “cuentos” (varias veces he escuchado lo de que la historia la mejor manera de conocerla es que la cuenten como un cuento) plagados de fechas y nombres de personajes y carentes de contenido analítico o de sentido general. La historia se queda en el dato: historia cuantitativa en la que explicar las causas e implicaciones de la colonización de América queda relegada a cuántos indios murieron y así no hace falta entrar en interpretaciones, sino que “los números hablan por sí solos”. O la reciente discusión sobre cuántos fueron los volúmenes que los chilenos sustrajeron de la Biblioteca Nacional del Perú durante la ocupación del territorio peruano en la guerra con Chile (1879-1884).
Conocer, comprender e interpretar los datos históricos para elaborar un relato coherente sobre el pasado requiere mucho más que eso. Requiere establecer categorías de análisis que lleven a entender procesos complejos. Evidentemente, es necesario en algunos casos simplificar algunos de estos procesos complejos para poder ser aprehendidos. Pero es imprescindible hacer entender que una cosa es la necesaria simplificación que implica el análisis y otra el reduccionismo extremo al que llegan algunos, convirtiendo la historia en una mera pantomima.
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miércoles, 21 de noviembre de 2007
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